Fin de fiesta

El jueves pasado a eso de las 6 ó 7 de la tarde los ánimos de más de la mitad (¿la gran mayoría?) del país no podían estar más altos: se anticipaba el Superclásico más importante de al menos los últimos 10 años, en cancha de Boca, con una serie pareja, el Boca más firme y constante de las últimas temporadas y el River que, renacido de sus cenizas, venía demostrando por qué está, estuvo y estará siempre entre los más grandes (lo dice una bostera).

A esa hora nadie podía anticipar que momentos después íbamos a asistir al mismísimo fin del fútbol.

Se venían un par de horas de genuina decadencia, incertidumbre, confusión y mal manejo, relatos más trágicos (y fantásticos) que épicos (cortesía de Niembro), y unos días que continuaron exponiendo lo más bajo de nuestra cultura.
Por primera vez, hinchas, fanáticos, jugadores y dirigentes pudimos ver al fútbol argentino sin ningún disfraz. El fútbol violento, el fútbol del arreglo, de las artimañas, el fútbol de la mafia, el fútbol de matar o morir, el fútbol sin fútbol. De hecho, ese jueves casi ni vimos fútbol.

Escuché a Fantino unos días después decir que si te detenés a pensar un poco la lógica que tiene nuestro fútbol, te desapasionás y dejás de ir a la cancha. Pocas veces antes le había dado la razón a este tipo. Verlo en la tele tiene otro perfume, estás más lejos o más cerca (quién sabe) y por momentos te olvidás de ese trasfondo, de ese fútbol sin disfraz, grotesco, pedestre que se vive en las canchas, en los estadios, los pasillos de los clubes, los barrios, los escritorios, en todos esos lugares donde se vive del fútbol pero no se vive fútbol.

En ese momento en que vi a Agustín Orión saludar a la misma hinchada que pretendía despedir a botellazos a los jugadores de River (y a los de Boca también, ya que estamos, al final no importa nada), el fútbol (este fútbol) me desapasionó un poco. Mucho.

Las últimas veces (también las primeras) que fui a ver a Boca me llamó poderosamente la atención un dato: gran parte de la hinchada más ferviente ve el partido de espaldas a la cancha, cantan, miran a quiénes alientan (los alientan a alentar, a veces con animosidad) y el partido pasa a ser algo casi anecdótico. De hecho, no importa el resultado, porque la gente alienta igual, casi tan fuerte que tapan el partido. Estando ahí, en comunión con tanta pasión, perdés nerviosismo. No importa si gana o si pierde, la 12 alienta.

Es tan fuerte ese sentimiento (¿será eso?) que free bbw porn el jueves pasado el partido ni siquiera se terminó de jugar. Era más importante lo que pasaba afuera que adentro. El público que el espectáculo. O era tan importante el espectáculo que el público quería ser parte. En definitiva, la imagen que me vuelve es la de ese tiempo que no se jugó. La de esa incógnita que nos quedará a todos de los dos lados. ¿Qué hubiera pasado? ¿Por qué nos sacaron el partido más lindo?

Ahora, lo pienso de nuevo, pienso una vez más en esa gente que alienta de espaldas a la cancha, que alienta con bengalas, gas pimienta, con ganas de matar a una gallina o a un bostero, y pienso de nuevo en esto que llamamos “pasión”. ¿De verdad la sentimos así como decimos o estamos alentando de espaldas al fútbol?

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