No es una Copa más

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River Plate es el campeón de la Copa Sudamericana 2014. La segunda más importante del continente, una que ha sabido ganar en años anteriores y ni por cerca la más significativa de su historia. Entonces, ¿por qué tanta euforia en los festejos? Una respuesta que va mucho más allá de las estadísticas.

“El más grande sigue siendo River Plate”, dice su famoso himno. El de Núñez es uno de los clubes más importantes de Argentina, por su historia, su estadio imponente, su trayectoria, sus figuras mundiales. Catalogado como “el club de la gente bien” o “los millonarios”, siempre le hizo honor a sus apodos, y sus hinchas llevan la banda roja cruzada en el alma.

Luego de la gloria absoluta de los noventa (tricampeonato, Libertadores y un dreamteam indiscutible), River comenzó a decaer mostrando un fútbol cada vez más débil, jugadores temerosos, peleas políticas y corrupción. Una combinación de aspectos que lo llevaron a tocar fondo y descender de categoría, una mancha que no, no se borra nunca más. Para el hincha, la estaca final, devastación total. ¿Y ahora? A remarla, y tratar de salir de esta.

El Tano Pasman llegó para resumirlo todo: frustración, puteadas, ganas de romper todo. River ya no era River sino un puñado de mocosos ensuciando la camiseta, desglorificando al club, escupiendo sobre nuestra tumba. Sí, de ahí todo fue para arriba, pero estábamos muy, muy abajo.

Me gusta pensar que la semilla la sembró el Pelado Almeyda, un cacique que peleó hasta el final, y aunque no pudo detener el incendio, se hizo cargo de las cenizas y consiguió el efecto ave fénix, lo sacó campeón de la B en menos de un año y lo devolvió a su lugar. Siempre manteniendo su discurso sobre el amor por la big tits porn camiseta, el peso histórico de River, la necesidad de no olvidar la gloria.

Al toque volvió Ramón con su estirpe nostálgica del pasado exitoso y su “guapez”. Polémico, torero, picarón: se llevó a todos por delante, y si bien no terminó de enamorar con el fútbol de lujo, cerró bocas y consiguió cosas, retirándose, como siempre, en el momento justo.

Cambios políticos en el medio, apareció el Muñeco para terminar lo que empezaron los Pelados anteriores. Más allá de sus dotes indescutibles como técnico, Gallardo fue un símbolo. Llegó al club del cual es hincha, el que lo formó como jugador y como hombre, el que lo puso en la cima. Y llegó con ganas de devolverle lo que le dio.

Elegancia, buen fútbol, goles, equipo, tikitiki, gambeta, baile, huevo, sudor, show. Todas etiquetas que aplican al River de hoy (¡y de antes!). Atributos perdidos y recuperados.

Me gusta encontrarle dobles sentidos a estas cosas. Veo el llanto desahogado del Muñeco con Tití, recordando a la madre recién fallecida, y no puedo dejar de relacionarlo -fríamente, más vale- con el sufrimiento riverplatense que causó el hundimiento de su club y el alivio que signifca este campeonato. Veo los tuits sacados e ilegibles de Cavenaghi y pienso en que todos fuimos borrachos esa noche.

La pueden llamar consuelo, nos pueden criticar por el déficit en torneos internacionales y ningunear con justos argumentos el logro obtenido. Pero los de afuera tienen que entender que esta Copa no fue algo más. La levantamos junto a nuestro orgullo. Ya está, ahora sí. Ya no me va a costar explicarle a los más chicos por qué somos de River, hablándoles de cosas que pasaron hace mil. Ahí lo tenés, River es esto. River es campeón.

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